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Los peregrinos en la Catedral

El fin para realizar el Camino de Santiago es la de llegar a la Catedral de Compostela y venerar al Apóstol Mártir. Una vez alcanzado su destino los peregrinos además de cumplir con su misión espiritual pueden disfrutar de uno de los centros más importantes de arte sacro, repleto de numerosos rincones de excepcional belleza, algunos de singular importancia.

 

La Puerta Santa, que se abre sólo en Año Santo, esto es, cuando la festividad de Santiago cae en domingo. Está en la cabecera, en la parte opuesta a la plaza del Obradoiro y tiene elementos de lo que fue el Coro Pétreo del Maestro Mateo. Por aquí deben entrar los peregrinos.

La tumba del apóstol -auténtica razón de ser del Camino- a ella se accede en la actualidad a través de dos puertas laterales en la girola. En el arca de plata están depositados los restos de Santiago y de sus discípulos Teodoro y Anastasio.

Los restos estuvieron desaparecidos tres siglos, tras esconderlos -de forma muy eficaz- en 1589 el arzobispo San Clemente movido por el miedo a un desembarco del pirata Drake.

La imagen del Apóstol que preside la Capilla Mayor -obra del Maestro Mateo-, la tradición manda abrazarlo.

El Pórtico de la Gloria, la mayor joya arquitectónica y escultural del conjunto. El rito de los coscorrones. Una vez en el Pórtico, hay que cumplir con el rito pagano de los coscorrones. Consiste en intentar aprehender una rama en el parteluz, bajo la figura del apóstol sedente. Se piden tres deseos. El contacto de tantísimas manos a lo largo de siglos ha horadado y pulido la piedra.

Tras la misma columna hay una figura que la tradición asimila al Maestro Mateo y al que se le dan tres coscorrones con la cabeza "para que transmita su sabiduría y talento".

Finalmente, es necesario contemplar el Botafumeiro, la Berenguela -campana hoy ya jubilada-, el Santiago ecuestre y el Altar Mayor.

El botafumeiro, un espectacular incensario de latón plateado, merece una mención especial. Con ocasión de ciertas celebraciones, los peregrinos pueden asistir ar la singular ceremonia del botafumeiro, cuya función ancestral fue aromatizar el templo.

El botafumeiro pende de lo alto del crucero y mediante un empujón a modo de impulso se desvía de la vertical. Mientras se balancea como un péndulo los tiraboleiros sueltan cuerda en el punto más alto del movimiento y tiran de ella en el más bajo. La ceremonia es verdaderamente digna de ver, ya que el incensario, de ochenta kilos de peso, baja a ras de suelo y pasa a una velocidad de unos setenta kilómetros por hora dejanto tras de sí un penetrante aroma humo e incienso.

Precisamente la estela de aroma que deja tras de sí es el motivo de su origen, ya que cuando la peregrinación a Santiago comenzó a ser masiva, la gran cantidad de personas que abarrotaban la catedral provocaban un desagradable olor, por lo que se decidió instalar el botafumeiro.