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Seguir la flecha amarilla
Son millones los pasos que a lo largo de más de mil años han recorrido el Camino de Santiago, la ruta santa más importante de la cristiandad y que atrajo durante la Edad Media a millones de europeos y a finales del siglo XX a gentes de todo el planeta.

Después de varios siglos de abandono el Camino ha sido recuperado, y son muchos los peregrinos que desean realizarlo, unos movidos por su sentido religioso y otros llevados por el ansia de aventura.

Una de las primeras cosas que se plantea el futuro caminante cuando decide iniciar la Ruta Jacobea es cómo podrá seguirlo, cómo se guiará. Pues pensando en ellos numerosas personas (las Asociaciones de Amigos del Camino y los habitantes de las poblaciones por donde discurre el itinerario) se han dedicado durante años a señalizar la ruta.

A lo largo del trayecto de los diversos caminos que conducen a Compostela: Francés, Aragonés, Portugués, Cantábrico, la Vía de la Plata... aparecen unas flechas amarillas pintadas en los lugares más insólitos: árboles, pequeñas piedras en el suelo, muros, porteras, etc. estas flechas son a veces más fiables que los libros de mapas.

Esta señalización, la principal del Camino, existe desde 1984 cuando Elías Valiña Sanpedro, el párroco de un pueblecito de Lugo, comenzó a pintar las flechas con una pintura amarilla que le regalaron unos trabajadores que la utilizaban en la señalización horizontal de las carreteras. Valiña además, realizó varios trabajos de limpieza, recuperación de tramos perdidos, enumeración kilométrica, etc. Su labor fue tan importante que se le considera el mayor impulsor, promotor y conservador del Camino de Santiago como ruta de peregrinación y turismo.