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Las arcas de los reyes
comenzaron a llenarse, pudiendo contratar mercenarios para
continuar con la reconquista de las tierras del sur de Iberia.
Alrededor de los castillos se levantaron pueblos -cuando
había peligro sus gentes se refugiaban en ellos-
y en su interior se formaron pequeñas y bulliciosas
ciudades; con molinos, herrerías y pequeños
mercados. Estas fortalezas se constituyeron en los núcleos
sociales más relevantes del medioevo.
La sociedad de entonces era básicamente rural: la
tierra suponía el elemento económico más
importante, a ella se destinaba la casi totalidad de la
mano de obra disponible, que muchas veces se veía
obligada a coger las armas para defender las posesiones
de sus amos. El castillo se erigió en elemento catalizador
de todas las actividades de la sociedad, agrícolas,
gremiales, militares...
Las ciudadelas estuvieron, también,
relacionadas de manera muy directa con la consolidación
y extensión de los feudos en los territorios reconquistados
a los musulmanes. El castillo solía ser la recompensa
o botín por los servicios prestados en una guerra
al señor, era el centro de una naciente y boyante
propiedad rural, y también la primera víctima
de las revueltas populares y campesinas que se sucedieron
en esos siglos.
Los peregrinos realizaron su marcha
hacia Compostela al abrigo de estas magníficas construcciones
que se alzaban en elevadas colinas oteando el horizonte.
En el camino pudieron admirar castillos como el de Javier
en Navarra; el del Temple en Ponferrada, el Castillo-Palacio
de Villafranca del Bierzo en León...
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