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El románico en el Camino
de Santiago
El apogeo del románico, primer estilo
internacional de la Edad Media, siguió a la consolidación
del Camino durante los siglos XI y XII. Los intercambios culturales
surgidos de la peregrinación provocaron que este movimiento
artístico, con sus variantes regionales, se extendiera por
toda Europa.
Con el asentamiento de la ruta jacobea se fueron sucediendo
cambios en la sociedad medieval que ayudaron también a la
extensión del románico: el fortalecimiento de los reinos europeos,
el crecimiento de la población y la generalización del comercio.
También tuvo una importancia capital en el florecimiento de
este estilo las órdenes religiosas, sobre todo la de Cluny.
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El aumento de feligreses
hizo que se comenzaran a construir cada vez más iglesias,
pero de forma más cuidad y elaborada. Las viejas construcciones
de techumbre de madera y reducidas dimensiones se transformaron
en otras más resistentes y monumentales.
Pero no todo en el románico son iglesias. El trasiego
de peregrinos -acompañados de trabajadores que levantaban
templos para acogerlos, y mercaderes que llenaban la Ruta
con sus puestos- propició una arquitectura civil complementaria
a la religiosa. Se comenzaron a edificar hospederías,
hospitales, puentes y barrios para albergar a la masa que
movía el Camino de Santiago. Así fue como poco
a poco fueron naciendo los burgos medievales, y en el centro
de ellos, la iglesia románica con sus cimborrios y
ábsides.
El elemento fundamental del románico es la sencillez,
el purismo en sus líneas y formas. En España
desaparece el eclecticismo imperante hasta ese momento, que
mezclaba detalles bizantinos con influencias locales, paleocristianas
o godas. Aunque sí se siguió cultivando algún
componente local como los arcos fajones. También se
aprecia en las iglesias románicas españolas
la influencia mudéjar.
El templo románico se caracteriza además por
la utilización de la planta de cruz latina; tres naves
(la central, mayor en altura y anchura que la laterales);
un crucero con una torre (cimborrio) que limita un extremo
de la nave central, y una cabecera semicircular donde se sitúa
el altar mayor. A veces, según el tamaño de
la construcción, los brazos del crucero albergaban
capillas semicirculares llamadas absidiolos.
Los templos se orientaban hacia Jerusalén, por lo que
las cabeceras se situaban en la fachada oriental, y la entrada,
en línea recta opuesta, en la parte occidental. Esta
fachada estaba siempre ricamente decorada, con molduras, columnas
y capiteles donde se esculpían narraciones bíblicas.
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