www.caminosantiago.com
 
 

Concatedral de Santa María de La Redonda
La Concatedral de Santa María La Redonda está construida sobre un primitivo templo románico del siglo XII, cuya planta poligonal circular es el origen del nombre del templo. En el año 1453 adquirió el rango de Colegiata al fusionarse con ella la Iglesia de San Martín de Albelda, lo que propició una nueva edificación mucho más espaciosa. Santa María La Redonda ha sufrido numerosas reformas; durante el primer tercio del siglo XVI, en el siglo XVIII, que se trabajó la cabecera y pies, así como las obras de afianzamiento llevadas a cabo a finales del siglo pasado.


En su subsuelo, a unos tres metros por debajo del pavimento, circula una corriente de agua subterránea que proveniente de la montaña vierte al Ebro. El templo se sostiene sobre unos cimientos formados por inmensos bloques de piedra, enroscados entre sarmientos, - los vástagos de las vides -, que reciben la suficiente humedad de las capas freáticas para que nunca se corrompan o se pudran.

Fue declarada "Insigne" por el Papa Benedicto XIII según bula del año 1727, y en agosto de 1959 ascendió a Concatedral. Las torres barrocas de este monumento, las “Gemelas”,  se levantaron en el siglo XVIII. La factura de Martín de Beratua será recordada en el Camino un poco más adelante, el contemplar la similitud de la torre de la Catedral de Santo Domingo de la Calzada, obra del mismo autor. Están formadas por un fuste de paramento liso de gran desarrollo y sección cuadrangular con esquinas redondeadas. Sobre él se sitúa un cuerpo dedicado a conjuratorio con pilastras toscanas y barandado ciego corrido. Termina este cuerpo en un establamento que sirve de transición hacia un cuerpo ochavado con función de campanario en que destacan las ventanas de medio punto y los óculos que animan sus planos. El campanario termina en un establamento y un chapitel estructurado en dos niveles.

Destaca en la Concatedral su portada principal, un gran retablo de piedra cerrado por una verja que procede de la capilla del Santo Cristo. Está encuadrada por esbeltas columnas corintias, y sigue los modelos de las fachadas de las iglesias de San María de Viana y San Esteban Protomártir, de Murillo de Río Leza. Consta de tres cuerpos y siete calles y se cubre mediante bóveda de horno en la que se encuentran los relieves de los cuatro Evangelistas, cuatro Angeles y el Padre Eterno. Las imágenes están relacionadas con las de alabastro situadas en los laterales del trascoro. La obra se corona por un frontón roto en volutas que cohesiona los elementos de la fachada con un San Miguel en el centro.

Las portadas laterales se realizaron hacia 1705, fueron concebidas a la manera de pequeños retablos en piedra. La del lado del Evangelio está dedicada a San Martín y la del lado de la Epístola a la Anunciación de la Virgen.

En el interior de la Concatedral se destacan varios elementos. La sillería del coro, esculpida por Arnao de Bruselas, compuesta por 24 asientos altos y 22 bajos, está organizada mediante pilastras toscanas estriadas con arquitecturas en los respaldos altos e imaginería en los bajos. El retablo mayor, del siglo XVII, que descansa en un almohadillado de media caña, está formado por un banco, un solo cuerpo de tres calles dotado de seis columnas salomónicas y ático a la manera de gran portada. Todo el conjunto se encuentra rematado por un frontón curvo que se quiebra en distintos planos. En la iconografía destaca la imagen del Arbol de Jesé en el que aparecen la Virgen titular, imagen hispanoflamenca, presidiendo sobre una peana. La colección escultórica es magistral, con más de noventa tallas de excepcional calidad, - como el Cristo Yacente, auténtica obra maestra -, con obras de los talleres de Gaspar Becerra, Juan de Bazcardo o atribuidas a Gregorio Fernández, aunque los autores de muchas de ellas resten en el anonimato. A lo que habría que añadir numerosos lienzos, tablas, frescos, rejerías,… de autores de la talla de Navarrete el Mudo, Gil de Siloé, el Maestre Anse, Andrés de Melgar, José de Vexes, Pedro Jiménez el Viejo, Juan Tomás Celma… y por supuesto, el “Calvario” de Miguel Ángel, la mano que iluminó la Capilla Sixtina pintó esta tabla para su amiga Vitoria Colonna.