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Comenzó a construirse en 1075
durante el reinado de Alfonso VI por mandato del obispo
Diego Peláez, que deseaba un gran santuario para
acoger los restos del Apóstol, un monumento digno
del renombre que gozaba Compostela en toda la Cristiandad.
Se levantó sobre las ruinas de una iglesia anterior
erigida por Alfonso III y destruida por Almanzor en el año
997. Aunque la Catedral estuvo terminada para el año
1122, no se dio por finalizada la obra hasta finales del
siglo XII, cuando se concluyó el Pórtico de
la Gloria.
Aunque la Catedral de Santiago es fundamentalmente románica
tiene algún elemento barroco y gótico. Su
estética resulta única en tres aspectos fundamentales:
por la creación de un espacio para la circulación
de las masas -necesario en una iglesia destinada a acoger
peregrinos-, por su carácter de compendio del prerrománico
y por sus innovaciones arquitectónicas.
Preside la Catedral su planta de cruz latina, con tres naves,
tanto en el brazo mayor como en los laterales. La girola
acoge cinco capillas absidales y dos ábsides cada
uno de los brazos menores. Esta distribución esta
concebida para que los fieles puedan efectuar un itinerario
desde la entrada y contornear en la girola el sepulcro del
Apóstol Mártir. Otro elemento destacado es
el triforio, de grandes dimensiones, que servía como
alojamiento de peregrinos, o como tráfico para los
devotos.
En su construcción se emplearon soluciones
arquitectónicas de diferentes estilos -de ahí
su carácter de compendio-, prerrománicas,
románicas españolas y francesas, andalucismos
musulmanes...
La Catedral de Compostela también aportó innovaciones
a la arquitectura, como sus proporciones -casi 100 m longitud,
naves laterales de cinco metros, central de diez-, y las
relaciones entre las medidas de sus partes. A parte de la
sensación de altura que ofrece gracias al peralte
de los arcos.
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