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El monasterio consta de dos claustros con dependencias de
clausura y una iglesia, posee además altos muros
con contrafuertes y ventanas ojivales propias del gótico.
La iglesia, erigida en estilo isabelino e inaugurada en
1499, es pura geometría en el exterior, está
coronada de agujas y pináculos sobre los contrafuertes.
El acceso a ella se hace a través de un pórtico
que alberga una portada gótica cuyo tímpano
representa a la Virgen de Miraflores. El interior está
compuesto por una sola nave dividida en tres partes, con
una magnífica bóveda de crucería. La
cabecera, de fondo poligonal, es ligeramente más
ancha que el resto del templo y subraya su belleza con el
cairelado de los nervios de sus bóvedas. Las vidrieras
originales fueron traídas de Flandes en 1484, aunque
se renovaron en 1657.
Su sillería, de 1558, es un notable ejemplo del arte
renacentista con bellos relieves de gusto protorromanista
en los paneles dorsales, donde se hallan representados santos
y figuras simbólicas. Interrumpe parcialmente el
espacio un pequeño muro con retablitos barrocos,
sobre los cuales se encuentra una extraordinaria pintura
de La Anunciación, realizada por Pedro Berruguete
hacia 1500. A continuación está el coro de
padres cartujos, cuya sillería de ricas líneas
geométricas góticas se llevó a cabo
entre los años 1486 y 1489.
En la cabecera de la iglesia se concentran obras de extraordinario
valor artístico, tales como: El Retablo Mayor, obra
de Gil de Siloé, fechada entre los años 1496
y 1499, con la colaboración de Diego de la Cruz,
a quien corresponderá especialmente la policromía.
Delante del retablo se encuentra el gran sepulcro de don
Juan ll y doña Isabel de Portugal, realizado también
por Gil de Siloé entre los años 1489 y 1493.
Tiene forma de túmulo con paredes verticales y planta
de estrella de ocho puntas, está ejecutado en alabastro
con elementos arquitectónicos y numerosa estatuaria.
La Cartuja guarda en su interior otras muchas joyas artísticas
como un tríptico de la Crucifixión -obra flamenca
de fines del siglo XV-; un bello cáliz de plata sobredorada,
regalo de Juan II, con esmaltes de las armas de los reyes,
e instrumentos de la pasión tenidos por ángeles
en labor de repujado; una bella tabla del Ecce Homo de Juan
de Flandes; y otra de Santa Lucía, entre otros.
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